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lunes, 10 de diciembre de 2012

EL PAÍS MENOS COMPRENDIDO DEL MUNDO

Escribe Adrian Elliot

España, Grecia y, en menor medida, Italia, hoy se quejan de que no se sienten comprendidos. Por mucho que se esfuercen por satisfacer las demandas de sus acreedores, la situación económica sólo empeora y, al margen de los esfuerzos de la Unión Europea y de Alemania de buscar una solución, la opinión pública de los demás países sigue pidiendo mayores sacrificios, alentada por la sensación de que de alguna forma, lo tenemos merecido por el despilfarro y la falta de productividad de los años anteriores. 

Es una percepción injustificada, sin embargo, se trata de una sensación terrible sentir que nadie más te entiende, y en un mundo en el que la información se extienda tan rápidamente y las percepciones se consoliden a velocidad de vértigo, muchas veces a base de información poco contrastada, es sumamente difícil dar la vuelta al tema. 

Hoy, de todas formas, el país menos comprendido del mundo no es España ni de lejos. Nos trasladamos un momento a Oriente Próximo y vemos como Israel se ha transformado en relativamente poco tiempo en una paria tanto para la opinión pública internacional como para la de los gobiernos de unos países que hasta hace poco eran sus grandes aliados. La semana pasada Israel perdió una nueva batalla y sufrió la humillación de ver como estos aliados apoyaran el nombramiento de Palestina como estado observador en la ONU. Después de los últimos ataques a Gaza y la muerte de 140 palestinos, la Autoridad Palestina ha ganado una gran victoria propagandística con este anuncio que deja cada vez más aislado a Israel. 

Viendo los medios europeos, parece que hay un gran consenso social de que Israel, y en particular el Gobierno de Benyamín Netanyahu,  se ha excedido en su política de represión en los territorios ocupados. Y más ahora después de que la reacción del Gobierno israelí haya sido la de anunciar la decisión de congelar la transferencia de nuevos fondos de ayuda a la Autoridad Palestina y de iniciar la construcción de 3.000 viviendas en Cisjordania. Las críticas, además, han arreciado entre los sectores más moderados de la opinión pública israelí. Hoy, en un editorial, el diario liberal israelí, Haaretz, ha amonestado duramente al Primer Ministro por tomar una decisión que, según este rotativo, crea el riesgo de que la imagen de Israel en el mundo pronto sea equiparable a la de Irán. Sin embargo, en los medios europeos no nos damos cuenta de estas últimas críticas y preferimos pensar que todos los israelíes apoyan ciegamente a su gobierno. Si vamos a transformar al Gobierno de Israel en paria, ¿por qué no también a sus ciudadanos?
 
De todas formas, ante su nuevo aislamiento, ¿cómo han respondido los que defienden Israel desde fuera de sus fronteras? Esta semana la revista, The Economist, ha publicado una carta de Joel Eisen, profesor asistente de la Universidad de Toronto con la que replica a un artículo del mismo semanario en el que se afirmó que la reacción militar de Israel en Gaza no había sido proporcional.  Cito, “Los terroristas de Hamás actúan de forma deliberada para atacar a la población civil israelí y celebran cada muerte mientras Israel tiene en el blanco a depósitos de armamento y comandantes terroristas. Algunos transeúntes palestinos han sido víctimas del fuego cruzado, sin embargo, no mencionaron el hecho de que los lanzacohetes palestinos se ubican estratégicamente en barrios densamente poblados, a escasos metros de escuelas y mezquitas. Tampoco mencionaron que Israel lanzaba folletos y enviaba mensajes de texto a la población civil para advertirles del ataque inminente”. Concluye con la pregunta, “¿Estarían satisfechos los críticos si, además de los cinco, Israel hubiera sufrido 135 bajas más?”
 
Los mismos argumentos los he leído en numerosos foros, no sólo ahora sino hace cuatro años durante la anterior guerra de Gaza. A primera vista parecen bastante sólidos pero son los mismos de siempre y se ha demostrado que ya no sirven para alterar la opinión pública internacional que apoya cada vez más la posición palestina en el conflicto. Además, por muy sólidos que sean, también generan dudas. ¿Sirve de algo ser avisado de un inminente bombardeo en un territorio tan sobrepoblado como Gaza?

Muchas veces la línea entre la política de comunicación de los Gobiernos y la política con mayúsculas es increíblemente fina y cualquier profesional de las relaciones públicas tendría harto difícil argumentar en el contexto actual que Israel es víctima –por mucho que cada día Hamas lance cohetes hasta Tel Aviv o Jerusalén- si mientras todo el mundo avanza en la dirección de un mayor reconocimiento del Estado palestino el Gobierno israelí persiste en su política de provocación mediante la ampliación de sus asentamientos y la retirada de los fondos que Gaza necesita para poder desarrollarse económicamente. 

Sin ninguna duda, Gaza está gobernado por una organización terrorista, que tiene como objetivo declarado la destrucción de Israel. Sin embargo, también es verdad que ese partido está en el poder gracias a los votos de sus ciudadanos y, por otra parte, hay que reconocer que la opinión pública palestina se radicalizó en gran parte como consecuencia de la represión israelí. Israel tiene todo el derecho a presumir de ser un país rico, social y económicamente avanzado y con un sistema político maduro, sin embargo, esta es la mejor prueba de que el éxito económico es el sine qua non de la paz y la estabilidad y que sólo un estado palestino próspero podrá transformarse algún día en amigo de Israel. Desde luego, en un estado palestino desarrollado dudo que los civiles estén tan dispuestos a convertirse en escudos humanos o a votar a un partido que tenga como único objetivo destruir a su vecino, aunque el precio sea la vida de miles de sus propios ciudadanos.

Para ganar un debate en el mundo moderno, en el que todos tenemos el derecho a opinar, no es suficiente repetir día tras día las mismas mantras sin ninguna voluntad de autocrítica o de analizar hasta qué punto ha cambiado la situación sobre el terreno. Israel es un aliado fundamental de Europa y las Américas y tenemos incontables motivos para apoyarles, sin embargo, los ciudadanos no son completamente ingenuos. Sabemos que dentro de Israel existen muchas tensiones políticas entre las comunidades ortodoxa, moderada y laica; que las decisiones de sus gobernantes no son siempre bien intencionadas; pero que sus acciones serán instrumentales o para reconducir la situación hacia un escenario de paz o para hacer que el conflicto se enquiste. Irán y los países árabes tienen una gran responsabilidad pero Israel también tiene que asumir la suya, y aún reconociendo el importante papel que juega dentro de la estructura geopolítica mundial, sobre todo, necesita un nuevo discurso que llegue a sus ciudadanos, sus aliados, a través de ellos a la opinión pública internacional, y que vuelva a transmitir la confianza en su gestión de este tan irresoluble conflicto en Oriente Próximo.

Adrian Elliot (España) es egresado del Máster en Comunicación Periodística, Institucional y Empresarial de la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es Director de Cuentas de Grayling España.

miércoles, 10 de octubre de 2012

ROCAS Y BALCONES: LOS NUEVOS FARAONES DEL USAR Y TIRAR

 
Escribe Adrian Elliot

Durante mis primeros diez años de vida, pasaba cada verano entre dos semanas y un mes en casa de mis abuelos en Malta. Su casa, ubicada en la ciudad de St Julians, era un edificio sólido, con una gran fachada de piedra caliza y un balcón que daba a la bahía y a la gran pileta en la que los deportistas malteses practicaban el waterpolo. 


Al llegar en el avión, era como aterrizar en otra época. No es casualidad que la película de Alejandro Amenábar, Ágora (2009), fue rodada en esta isla en la que la dureza de la roca sirve como metáfora del carácter de su gente. Llegar al mismo lugar donde hace cerca de 2000 años San Pablo se encontró náufrago presentaba, en efecto, una imagen bíblica. La huella que dejaron los fenicios, los griegos, los romanos, los árabes, los normandos, los habsburgos, los Caballeros de la orden de San Juan, los franceses y los británicos en esta pequeña isla de apenas 316 km2 se mantenía presente y le imprimía una personalidad imposible de copiar.

Después de cumplir los 12 años, por diversos motivos dejamos de ir a Malta y no regresaría hasta 2007. Tiempos de bonanza económica en todo el continente europeo y poco después de la accesión de este pequeño país a la UE. La encontré completamente transformada. Aquella casa que se conserva inalterada -telarañas incluidas- en el recuerdo de mi infancia ya no estaba. Toda la finca había sido derruida para abrir paso a un nuevo bloque de viviendas, de los que puedes encontrar en las afueras de cualquier ciudad del arco mediterráneo. Aquellas amplias habitaciones oscuras, poseídas por fantasmas,  por sus antigüedades, y que nunca se borrarán de mi memoria, habían pasado a la historia y en su lugar había modernos espacios blancos y diáfanos, listos para llenarse de muebles de Ikea. Subimos a la ciudad amurallada de Mdina, en el centro geográfico de la isla, y desde la terraza en la azotea de la conocida pastelería, Fontanella, vimos a nuestro alrededor urbanización tras urbanización, y nos dimos cuenta de hasta qué punto casi todo el campo se había convertido en una gran selva de hormigón.

Ahora Malta sigue de moda y casi todas las semanas escucho a alguien hablar de sus últimas vacaciones en aquel país, el más católico de Europa, convertido en una nueva Ibiza con lengua semítica. Parece que para estar en el mapa lo único que le faltaba a Malta era transformarse en un no lugar, según la definición de Marc Augé: Otro destino más con hoteles tipo resort; playas; y los disc jockey más cool del momento. Me pregunto para qué necesitamos tener un destino si el lugar donde terminamos es exactamente igual al que hemos dejado, y si encima nos vamos a cruzar con nuestros vecinos. Pero es una pregunta inútil. “Renovarse o morir”, me contestarán, y efectivamente, ‘renovarse’ hoy tiene el mismo significado del verbo ‘uniformizarse’. 

Vinieron mis tíos a Madrid hace unos años y la primera noche les llevé a la clásica Taberna de Tirso de Molina, en la esquina de la histórica plaza del barrio de las letras madrileño con la calle Mesón de Paredes. La comida era tradicional y estaba riquísima; tanto que después de aquella experiencia no quisieron aventurarse a otros sitios, tan contentos estaban de poder disfrutar de una comida fresca, copiosa y sin estridencias. En Malta, me dijeron, todo se había vuelto muy fashion; y completamente insípido. Unos meses más tarde, llegó el entonces alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, y transformó la plaza en un mar de hormigón, a prueba de yonquis y mendigos pero con la misma personalidad de tantos otros espacios de nuestra sufrida ciudad. Y hoy leo que ahora le toca a la Puerta del Sol, que va a tener que soportar otra ‘reordenación’ más para convertirse en un nuevo local de pinchos al aire libre.

En este presente en el que cada día nos levantamos para leer peores noticias, ni siquiera el pasado nos ofrece consuelo. Si antes los objetos acumulados durante toda una vida y guardados generación tras generación nos regalaban el continuo recuerdo del lugar de dónde venimos, ahora nuestras casas y nuestras ciudades están diseñadas como el escenario de un teatro, para vestir a medida de las necesidades de cada día y con muebles de usar y tirar. Hace poco leí que la cadena, Ikea, iba a empezar a comercializar viviendas con la misma filosofía de su negocio de muebles. Se supone que esta crisis nos ha enseñado que todo es efímero y que ya no es necesario poseer nada. Se ha creado el concepto de casas como tiendas de campaña, con una función utilitaria y que nunca deben aguantar más años que las personas que las habitan. 

Y gracias a Spotify y iTunes, ni siquiera somos propietarios de nuestras propias colecciones musicales, que fallecerán con nosotros, meros suscriptores de un servicio que no podremos traspasar a los que nos sigan. Shakespeare decía en su obra, Como gustéis, que “todo el mundo es un escenario, y los hombres y mujeres meros actores”. Tenía toda la razón del mundo. Y es más, el director de la obra es el alcalde o el presidente del gobierno de turno, siempre convencido, por pura egolatría, de que su máxima prioridad es dejar su marca y reordenar el attrezzo a su gusto para que sea fiel reflejo de su filosofía política y social. Dictadores como Franco o Stalin tenían décadas para dejar su marca indeleble en los países que controlaban. Ahora los nuevos dirigentes lo tienen que hacer en cuatro años, y para ello se sirven de la filosofía de Ikea. Nada es permanente. El pasado no fue.

Imagino a un señor ochentero que camina por el Paseo del Prado. Ve el reflejo de aquellos árboles centenarios, siente la suave brisa del otoño mientras caen las hojas coloreando el pavimento y llenándole de pequeños recuerdos y de nostalgia de épocas pasadas. Pues, tendrá que disfrutarlo mientras dure, porque mañana llegará un nuevo dirigente para levantar el asfalto y vestir toda la zona de su ego. En 1976, el entonces alcalde de Madrid, Juan de Arespacochaga, pidió informes para justificar el derribo del Viaducto de la calle Bailén. Dijo que era por seguridad, pero seguramente la causa principal era como todos los demás: dejar su marca. Menos mal que las protestas pusieron fin a su plan. Y menos mal que la ciudad toscana de Pisa no cuente con un alcalde madrileño. Se sentirán muy seguros los habitantes, pero flaco favor haría al recuerdo de los lugareños y a su gran contribución al patrimonio de la humanidad.

En este mundo feliz me siento como el loco que colecciona balcones en la obra del premio nobel, Mario Vargas Llosa. El desarrollo y el progreso son necesarios pero si todo el presente se muestra uniforme y desechable, más vale que emigremos a Marte. Nuestro gran patrimonio histórico y cultural da para mucho más.

Adrian Elliot (España) es egresado del Máster en Comunicación Periodística, Institucional y Empresarial de la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es Director de Cuentas de Grayling España.

lunes, 16 de julio de 2012

EL ANTISEMITISMO EN UNA TIERRA SIN (APENAS) JUDÍOS

 
Escribe Adrian Elliot

Según el  Observatorio de Antisemitismo, en el Informe sobre el Antisemitismo en España durante el Año 2011, siguen proliferando en nuestro país páginas web de contenidos antisemita, que incitan al odio y banalizan el Holocausto, y que las autoridades ignoran.
  


La noticia se publicó esta mañana en El País, y a pocos minutos empezaron a aparecer comentarios de lectores del siguiente tipo:

-    “Estos judíos no aprendieron en su día el por qué se les echó de España, tampoco aprendieron por qué los nazis los quisieron borrar del mapa”.
 
-   “A ver si lo entiendo, denuncian el racismo en España pero apoyan al estado de Israel, que ya no es que sea racista, es que hasta tienen calles donde los árabes tienen que ir por una acera y los judíos por otra”.

-   “No hay mayor incitación al antisemitismo que masacrar palestinos”.

Y, según algún lector ha comentado, el periódico más prestigioso del país ha permitido que florezcan estos comentarios en su página web sin ningún tipo de moderación o control. Desde luego, el Observatorio no tiene que ir muy lejos para probar las conclusiones de su informe. Y es que otra vez más, como ha pasado tantas veces en la historia, se utiliza a los judíos como chivo expiatorio y para esconder los errores propios. Nadie justifica el exterminio de gitanos o españoles en el holocausto cuando este país participa en guerras como la de Irak o Afganistán. Nadie se inmuta cuando ciudadanos o turistas con rasgos subsaharianos son prohibidos el acceso a discotecas o bares en Madrid y Barcelona. Sin embargo, sólo hay que mencionar el antisemitismo para que la gente lo justifique en las acciones de los gobernantes de un país de la mitad del tamaño de Gales que intenta defenderse en un entorno hostil.

La analogía es tan o más absurda como sería echar la culpa al español o al griego de a pie por el despilfarro de sus gobiernos a lo largo de los últimos años y por el impacto en los bolsillos de los alemanes, sin embargo, pedimos que los demás sean ecuánimes cuando evalúan la realidad española mientras se siguen tolerando los peores prejuicios y el odio hacia toda una religión sin el más mínimo esfuerzo para entender su historia o su realidad.

Sólo las sociedades bárbaras son capaces de actuar de esta forma, de todas formas, en los últimos meses vemos como aumenta esa barbarie dentro de nuestras propias fronteras europeas. Y no son sólo los judíos o los gitanos que son el blanco de este odio. En Grecia, el partido Aurora Dorada, con presencia en el parlamento del país, se dedica a amenazar, brutalizar y humillar a los inmigrantes de medio mundo y, según he leído esta semana en el New York Times, la policía se limita a pedir a las víctimas que se defiendan a sí mismos, al considerar que por su condición de extranjeros no merecen la protección de las fuerzas de orden.

El caso que nos concierne, de todas formas, es España. ¿Por qué existe el antisemitismo en España y por qué en tantos informes internacionales el país destaca como el más antisemita de todo Occidente? El emprendedor y bloguero, Martin Varsavsky, ofreció hace tiempo una entrevista a EFE en la que intentó ofrecer una explicación para este odio hacia los judíos en un país de 44 millones de habitantes que sólo cuenta con 20 mil judíos. Y sin entrar en el fondo de sus argumentos –pueden pinchar el enlace para leerla entera- señalo el hecho de que el desconocimiento que hay sobre Israel y sobre la cultura judía permite que los judíos sean un blanco fácil, y más cuando no hay judíos para defenderse cuando surgen declaraciones antisemitas en un entorno social. De la misma forma que los homosexuales se vuelven invisibles cuando los adolescentes hacen ‘bromas’ sobre ‘maricones’, cuando se critica a los judíos en España, los judíos no existen. Y muchas veces el judaísmo es igual de invisible. No todos los judíos son ortodoxos. No todos llevan la kipá o la ropa típica de los jasidím. En su mayoría, y más en España, son ciudadanos como cualquier otro, sin embargo, cada vez que leen los medios, o a menudo cuando escuchan las conversaciones en los bares, tienen que ‘tolerar’ el más absoluto desprecio hacia su identidad.

Si dejamos de lado el judaísmo como religión o cultura, para centrarnos exclusivamente en Israel como país, nos encontramos ante una sociedad compleja, mucho más compleja que cualquier otra sociedad de Oriente Medio tanto por la calidad de la democracia como por la gran mezcla de religiones y culturas. Además, es un país que a la mayoría de sus vecinos les gustaría aniquilar y que de alguna forma tiene que defenderse. También es verdad que no han escaseado las actitudes radicales por parte de sus políticos y que en los últimos años la sociedad se ha polarizado especialmente a medida que el objetivo de la paz con el mundo árabe pareciera cada vez más difícil de alcanzar. Lo es y lo seguirá siendo mientras los responsables de Hamas sigan negándose a asumir el derecho de Israel a existir, y mientras los cambios demográficos en Israel permitan que ganen fuerza los sectores más extremistas de la opinión pública israelí.

Sin embargo, los errores del Gobierno de Israel no son en absoluto una justificación para la intolerancia que últimamente se muestra hacia toda una cultura y una religión. Y además, en España no siempre ha sido así. Érase una vez en nuestro país se apoyaba a los Israelíes porque se les veía como los débiles, los recién llegados, un pueblo que intentaba construir una sociedad utópica socialista a orillas del Mar Rojo. Y en España siempre gustan los símbolos. Ahora el símbolo es la causa palestina pero cuando te agarras a un símbolo, buscas argumentos para darle valor y para reforzar tu identificación con ese símbolo. Vivir sólo de los símbolos no promueve el análisis frío de la situación. La objetividad es el gran enemigo de los símbolos, de la misma forma que Galileo se convirtió en enemigo de la Iglesia por enfrentar un símbolo central de la religión católica con la realidad científica. Y por la debilidad de los argumentos que les sustentan, los símbolos la mayoría de las veces se convierten en modas. Son pasajeros. Por lo que los palestinos tampoco podrán fiarse de la opinión pública si ahora se ha decidido que los valores que ellos representan son los que se quiere abanderar. En el futuro aparecerán otros símbolos, los palestinos ya no serán los débiles. Habrá que buscar otros héroes.

¿Y cuál es el antídoto a todo esto? Acabar con la ignorancia, enseñar, permitir el intercambio cultural, explicar a la gente sus orígenes, que en muchos casos también son judíos, y sobre todo aportar datos concretos y objetivos que permitan a los ciudadanos formar sus opiniones con hechos en vez de prejuicios.

Adrian Elliot (España) es egresado del Máster en Comunicación Periodística, Institucional y Empresarial de la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es Director de Cuentas de Grayling España.

lunes, 28 de mayo de 2012

¿CÓMO NEGOCIAR (O NO) CON UN PAÍS ENTERO?

 
Escribe Adrian Elliot

La realidad política europea no para de asombrarnos. Ya no existen esquemas válidos para medir lo que ocurre cada día a nuestro alrededor, y menos para poder vislumbrar el desenlace final. ¿Saldrá Grecia finalmente del euro? ¿Vamos encaminados a la fragmentación de un proyecto de construcción cuidadosamente elaborado durante más de medio siglo? ¿Se tratan sólo de complejas negociaciones que luego son dramatizadas por los medios mediante imágenes que parecen prever poco menos que el apocalipsis?

El caso es que lo que ocurre estos días con Grecia tiene algunos elementos de todo lo que acabo de describir. Efectivamente, se trata de una negociación dura, que además ya lleva años, entre los griegos, sus acreedores y los demás gobiernos que se verán afectados por las decisiones que finalmente se tomen en Berlín o en Atenas. Y dentro de esta negociación, el que parece tener más cartas con las que jugar es también, paradójicamente, el eslabón más débil.

Pase lo que pase, los griegos lo van a pasar mal, sin embargo, no se sabe exactamente cuánto, ni cuál de las soluciones será más eficaz para mitigar el dolor. Parece que nadie quiere, por lo menos de momento, que Grecia se vaya de la eurozona, sobre todo por el efecto de contagio que puede tener la constatación de un escenario que no está previsto en ninguno de los estatutos de la Unión. Sin embargo, la vuelta a la dracma y su posterior devaluación también crearían una situación dramática tanto para los acreedores, que tendrían que asumir el impago de la deuda griega, como para los ciudadanos del país heleno, abocados a varios años de inflación y de bajada de su nivel de vida. El mantenimiento del euro, en cambio, puede condenar a Grecia a muchos años de estancamiento, con el continuo riesgo de que tarde o temprano la moneda única caiga por su propio peso.

Lo que más me llama la atención de esta crisis es que después de tantos meses de protestas de los ‘indignados’ de medio continente contra la falta de democracia y de poder ciudadano, al final no es ni François Hollande, ni Angela Merkel, ni Barack Obama, ni Mario Draghi, el que vaya a decidir el próximo capítulo de esta historia sino los propios ciudadanos griegos. Los políticos, los banqueros y los especuladores están, hoy por hoy, con cada una de sus acciones, negociando directamente con un pueblo soberano que dentro de menos de un mes tendrá que votar en unas elecciones decisivas para el futuro del continente.

Es una situación realmente insólita en una región en la que hace apenas cinco años, se consideraban a las elecciones como un asunto interno de cada país, en las que nadie más interfería, al menos públicamente. Ahora leemos diariamente como los líderes europeos instan a los griegos a ‘ser responsables’ y a votar a los mismos partidos desacreditados contra los cuales han centrado todas sus protestas. Es mensaje es claro: “Si votas a Syriza –la coalición de la izquierda radical-, votas para salir del euro”.

El problema con esta estrategia es que, a diferencia de otras negociaciones, todo el mundo sabe cuáles son las cartas que maneja su contrincante, o por lo menos así lo cree, y en el caso de los votantes griegos no parece que vayan a dar el brazo a torcer. Los costes para la Unión Europea de la reaparición de la dracma serían enormes, no sólo por el gasto que conlleve el impago griego sino también por las medidas que habría que aplicar para crear un cortafuegos lo suficientemente resistente como para evitar que Portugal, España o Italia se convierta en el siguiente blanco de los mercados de deuda; y por esta razón muchos en Grecia creen que incluso con una victoria de la izquierda la UE se verá obligada a hacer más concesiones para evitar males mayores. Sólo así se puede justificar que mientras el 85% de los griegos quiere mantenerse en el euro, todos los sondeos parecen pronosticar la victoria de un partido que se opone al cumplimiento de los compromisos de pago del déficit.

De todas formas, el gobierno alemán sigue creyendo que las amenazas son la mejor forma de salir del atolladero, aunque, al presentarlas, abran la caja de Pandora de la ruptura del euro y generen una tormenta en los mercados de suficiente gravedad como para poner en juego no sólo con la participación de Grecia en la moneda común, sino la de la mayoría de los países periféricos. Como ya viene siendo habitual, los políticos han esperado hasta el último momento para actuar y sólo una vez que hayan quemado todos sus cartuchos, han decidido jugar con fuego para intentar prevenir una muerte que ya está más que anunciada. Los votantes decidirán pero parece que ya es tarde para que su decisión, sea cual sea, haga un gran favor al resto de Europa o del mundo.

Adrian Elliot (España) es egresado del Máster en Comunicación Periodística, Institucional y Empresarial de la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es Director de Cuentas de Grayling España.

martes, 24 de abril de 2012

CASTILLOS EN EL AIRE: INFORMACIÓN, DESINFORMACIÓN Y CONFRONTACIÓN


Escribe Adrian Elliot

El nacionalismo es por su propia naturaleza ciego y cuando los medios ciegan a sus lectores a la realidad vista a través de otra óptica que no sea la suya propia, corren el riesgo de conducir la opinión pública hacia posiciones que dificulten el entendimiento con los ciudadanos de otros países, incluso cuando estos son sus tradicionales aliados.


Esta es una realidad contrastable en cualquier época, sin embargo, genera aún más peligro cuando en gran parte del mundo, y en Europa más que en ningún otro sitio, el desarrollo económico entra en un proceso de declive y los ciudadanos y políticos empiezan a buscar donde sea culpables que no sean ellos mismos.

El fenómeno no tiene fronteras nacionales ni continentales. Después de que en el año 2006 el Grupo Ferrovial se hiciera con el control de casi todos los aeropuertos británicos, hubo que esperar pocos meses hasta que los ciudadanos, impulsados por el amarillismo de algunos medios de comunicación, empezaran a culpar a una empresa española por todos los problemas del transporte y de la falta de inversión en infraestructuras, una situación que en realidad tenía su origen en los recortes de Margaret Thatcher. La empresa tuvo que pagar una multa por no dar la vuelta a la situación con suficiente rapidez, factor que dificultó aún más mantener las inversiones. Y finalmente, la compañía de Rafael del Pino fue obligada a vender su participación en el aeropuerto de Gatwick, el segundo más grande del país, con tal de facilitar la competencia, y por consiguiente, la mejora de la calidad del servicio. Para el Gobierno laborista de entonces, resultó conveniente trasladar a una empresa privada el coste, y sobre todo la culpa de sus errores en el proceso de venta y del estado dilapidado en el que las instalaciones fueran vendidas, para así ahorrarse la furia de los usuarios.

Pero hoy toca escribir sobre un caso más extremo después de que, la semana pasada, el Presidente de Repsol, Antonio Brufau, haya vivido en sus propias carnes, y con las formas peronistas en su estado más crudo, la expropiación del 51% de la petrolera argentina, YPF. Según informó el diario, El Mundo, la decisión del Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner de expulsar a los directores españoles violó la constitución del país al producirse sin que el Gobierno hubiera compensado previamente a la empresa afectada. Ni siquiera había llegado a tanto Hugo Chávez cuando se hizo con la filial venezolana del Santander.

Las formas peronistas de hacer política -siempre en clave interna, de cara a la galería, con visión sólo a corto plazo, y sin fijarse en el impacto que pueden tener para la imagen del país o las inversiones futuras- siguen produciendo asombro en el resto del planeta. La Nación anunció con rotundidad en su portada del 17 de abril, “Argentina dio un portazo al mundo”, y desde la óptica de medios como el Financial Times, el New York Times, The Economist y por supuesto, el conjunto de medios españoles, no parecía posible llegar a otra conclusión.  De todas formas, en estos tiempos de comunicación instantánea y multidireccional, por un lado están los medios, con sus diversas afinidades e intereses, y por otro está la opinión expresada por el ciudadano de a pie. Y en este caso la falta de información contrastada conduce a situaciones cuando menos extrañas.

Cada país tiene su izquierda y su derecha, sin embargo, en un mundo globalizado no se han globalizado las ideologías, de manera que una política que para un español parezca de izquierdas, para un argentino, un venezolano o un brasileño, puede parecer todo lo contrario. El reflejo de una parte de la izquierda española, incluso los de Izquierda Unida, ha sido criticar la reacción del Gobierno al proyecto de Fernández, afirmar que los accionistas españoles de Repsol están en minoría, e insistir que los argentinos están en su derecho de defender su soberanía energética nacional. En cambio, para muchos argentinos, tanto de izquierdas como de derechas, la imagen de la Presidenta realizando el anuncio ante una audiencia exclusivamente afín y rodeada de una imaginaría nacionalista, retrato de Evita incluida, habrá resultado absolutamente bochornosa. Para ellos, las decisiones de la Presidenta no tienen nada de social y sí mucho de populismo, y de priorizar el interés propio y el de sus amigos por encima del de los ciudadanos.

No es el propósito de esta entrada llegar a un juicio de valor sobre la decisión de nacionalizar la industria energética argentina. Las razones son de tal complejidad que requeriría un análisis mucho más profundo. Sí me ocupa, en cambio, la forma con la que los medios explican los sucesos a sus audiencias y lectores en sus respectivos países. El diario, La Nación, siempre muy crítica con el oficialismo, en su edición del 17 de abril, atacó de manera fulminante la decisión con una serie de artículos que con la meticulosidad de un letrado que disecciona el proyecto del Gobierno, explica los riesgos que puede acarrear para la economía, se pregunta de qué forma se van a poder explotar los nuevos recursos de hidrocarburos sin contar con inversores extranjeros, cuestiona la sinceridad de Fernández quien, según informa, había votado a favor de la privatización de YPF en el año 1992, y enumera otros ejemplos de estatizaciones supuestamente fracasadas durante los mandatos de los Kirchner.

Página 12, por su parte -un medio oficialista que en época de Carlos Menem se ganó mucho prestigio por su independencia pero cuyos periodistas ahora se encuentran ante la necesidad de justificar unas políticas que, aunque sea sólo por las formas, son casi imposibles de defender de forma coherente con la información que tenemos entre manos- nos presenta un mosaico de informaciones inconexas que intentan presentar la noticia como un conflicto entre buenos y malos, con un trasfondo de recelo por el pasado colonialista. Después de relatar la tramitación de la ley desde un punto de vista político, incluye titulares del tipo, “Finalmente, llegó el día”, “De la especulación al interés público”, “La expropiación desató la furia española”, o simplemente, “Lo que nos pertenece”. No ofrece respuestas a las críticas formuladas en otros medios sino una visión parcial, escrita desde una óptica completamente opuesta e irreconciliable. Una perspectiva cerrada que no obedece a ideologías sino a intereses, y no hace ningún favor a la inteligencia de sus lectores.

Mientras tanto, en España, la posición de los medios, con alguna excepción -por ejemplo, está el caso de Público- es unánime. Argentina se ha enfrentado a España y espera las represalias. El tono también es nacionalista y de defensa a las empresas españolas inversoras en Argentina. Hasta la primera cadena pública se vio obligada a reprogramar una edición de la popular serie, Españoles en el Mundo, para no desatar la ira de quien cree que ante la decisión de la Kirchner, lo primero tendríamos que hacer es deportar a Lionel Messi.

A nivel tanto nacional como global, el análisis frío de la realidad ha abierto paso a un nuevo escenario que se asemeja más a una guerra de trincheras. Los enunciados ya no parten de datos objetivos y contrastados sino se construyen como castillos en el aire diseñados exclusivamente para reforzar los prejuicios del receptor. A este ritmo, difícilmente se mejorará el entendimiento entre sociedades y culturas. Además, podemos estar seguros de que cada vez que surja una crisis de estas características será más dura. El extraño caso del peronismo puede ser una situación extrema pero la lógica de la nueva estructura de la información sólo sirve para inflarle los pulmones.

Adrian Elliot (España) es egresado del Máster en Comunicación Periodística, Institucional y Empresarial de la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es Director de Cuentas de Grayling España.