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viernes, 20 de marzo de 2015

EL SILENCIO QUE HACE ECO


Escribe Dianeth Pérez

Apenas el 11 de marzo la televisión holandesa emitía una entrevista con la periodista Anabel Hernández, a propósito del lanzamiento de la plataforma MéxicoLeaks. Ahí narra como el Secretario General de Seguridad Pública, Genaro García Luna, dio la orden de matarla en 2011.


Cuatro días después, medios como Aljazeera, El País, BBC y The Wall Street Journal, informaban del despido de una de las voces más emblemáticas de la comunicación en México: Carmen Aristegui.

El rompimiento entre MVS y la periodista ya se veía venir. El despido de dos de sus colaboradores fue para ponerla entre la espada y la pared, pero el verdadero motivo de su salida a todo el mundo le queda claro, se llama Enrique Peña Nieto.

Incomodado por el temas como Tlatlaya, Atenco, Ayotzinapa, el conflicto de intereses con el Grupo Higa y las casas de su esposa y su secretario de Hacienda, el destape de la red de prostitución dentro de las oficinas del PRI, las críticas por su viaje a Reino Unido y la imposición de Eduardo Medina Mora como Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación,  Enrique Peña Nieto exigió la cabeza de Aristegui.

Este mes el Ministro de Justicia holandés, Ivo Opstelten y su Secretario de Estado, Fred Teeven, dejaron sus cargos al descubrirse que engañaron al parlamento con la cantidad de un pago compensatorio hecho a un narcotraficante… en 2001.

La vergüenza y desde luego la presión social, ocasionaron la salida de los funcionarios, que por cierto, pertenecen al mismo partido político que el Ministro Presidente, Mark Rutte.

Pero volviendo a México, es evidente que los políticos no tienen vergüenza, y que sólo muertos o “chapulineando” a otro hueso más carnoso es posible separarlos de sus cargos. No importa que se les cuestione sobre sus propiedades, sus derroches y las investigaciones de que son objeto. Ellos aguantan la tormenta  estoicamente.

Tampoco tienen empacho los legisladores cuando se sabe que son premiados por aprobar leyes que hunden al país, cuando se autorizan bonos y compensaciones y cuando sus misteriosas ausencias son clave a la hora de votar. 

¿Y qué decir de un presidente que se compra un avión de 580 millones de dólares en un país con más de 50 millones de pobres?, el mismo que realiza viajes oficiales en medio de crisis sociales y políticas, que impone a un ministro a pesar de tener 50 mil firmas en contra, y que ahora se sale con la suya con el despido de Aristegui. 

No puedo describir la incredulidad que todo lo anterior provoca en los holandeses, porque México hace tiempo que está presente en las noticias nacionales; lo que más ha llamado la atención: el soborno de 14 millones de dólares que pagó el gobierno para hacer a los mexicanos blancos, a la policía honesta y al villano extranjero.

No, no acusan a los políticos por esta falta de vergüenza, de integridad, de compromiso y de voluntad, sino a quienes lo permitimos. Nosotros también hemos aprendido a aguantar la tormenta estoicamente.

Dianeth Pérez Arreola (México) es egresada del Máster en Comunicación Periodística de la Universidad Complutense de Madrid. Colabora en varios proyectos periodísticos y vive en los Países Bajos desde 2003.  

miércoles, 1 de octubre de 2014

EL EJEMPLO HOLANDÉS SOBRE VENTA DE DROGAS


 
Escribe Dianeth Pérez

La ley de drogas en los Países Bajos data de 1976. Desde ese año es posible comprar drogas “blandas” sin ser castigado por la justicia. Por drogas blandas de entiende productos derivados del cannabis, como la marihuana y el hachís, somníferos y calmantes.  


Esta ley tuvo como justificación que al no tener solución el problema del uso de drogas, al menos se podía limitar su daño. Con esto se buscaba que los consumidores permanecieran en las drogas blandas y no dieran el paso hacia las drogas “duras”: cocaína, heroína, anfetaminas, éxtasis y GHB. Además buscaba reducir el riesgo de la venta anónima y el desorden social del tráfico de drogas. 

Esta ley va aparejada con ayuda para consumidores en forma de terapias, tratamientos, internaciones para desintoxicación, regulación del uso de drogas y prevención de daños a la salud.

Si no es posible dejar el consumo de drogas, hay tratamientos por el daño físico y mental a causa de la adicción, jeringas gratis para limitar el contagio de VIH o hepatitis B y provisión de metadona y heroína a los adictos. 

Desde el 1 de enero de 2013 solo los residentes de los Países Bajos pueden comprar drogas blandas en los coffee shops. Estos negocios solo pueden tener 2 mil “socios” o inscritos como clientes, no pueden hacer publicidad, vender a menores de 18 años, alterar el orden público, hacer ventas mayores a cinco gramos por persona y vender drogas duras.

Esta medida ha levantado polémica, pues según cifras del gobierno, casi uno de cada cuatro turistas en Holanda visitaba estos establecimientos y poco más del 7 por ciento atribuía la compra de drogas blandas como razón principal para visitar Amsterdam.

No han sido pocos los casos de tragedias que involucran turistas y drogas. Suicidios, mascotas asesinadas y en uno de los últimos casos, un turista que bajo los efectos de las drogas, saltó desde la ventana de su hotel y cayó sobre un turista brasileño que cenaba en una terraza, dejándolo cuadripléjico. 

El impacto económico por supuesto que se nota, pero es un precio que el gobierno está dispuesto a pagar. Este paso atrás lo atribuyen a que los coffee shops favorecen el tráfico de drogas y el crimen organizado. Restricciones adicionales son la clausura de este tipo de negocios cercanos a centros educativos, y la posibilidad de que los ayuntamientos agreguen reglas a las ya existentes a los coffee shops que operen dentro de su territorio.

Otro motivo para limitar la venta de drogas es el hecho de que, a pesar de las restricciones, Holanda es el mayor productor de drogas sintéticas en Europa, el productor principal de cannabis y la puerta de entrada a Europa de cocaína, heroína y hachís.

En un país de 16 millones de habitantes, 32 mil jóvenes inhalan cocaína y 40 mil consumen éxtasis; adicciones que le cuestan millones al sistema de salud.

Otros países europeos han estado cerca de seguir el ejemplo holandés y han dado marcha atrás en el último momento, al no estar seguros de que los beneficios sean mayores que los daños.

Dianeth Pérez Arreola (México) es egresada del Máster en Comunicación Periodística de la Universidad Complutense de Madrid. Colabora en varios proyectos periodísticos y vive en los Países Bajos desde 2003.  

martes, 16 de septiembre de 2014

EL GRITO EN HOLANDA

  Escribe Dianeth Pérez 

Al final decidí ir a la ceremonia del Grito de Independencia organizada por la Embajada en Holanda. Siempre he ido, pero esta vez el descontento y la irritación por la actuación del gobierno en cuestiones como las reformas, el encarcelamiento de Mireles, el proceder tras el desastre ecológico causado por el Grupo México en Sonora, la compra del avión presidencial y un largo etcétera, me habían hecho dudar.

Sin duda por un lado, es ir a hacerle bola para la única aparición pública ante los mexicanos en Países Bajos, al embajador Eduardo Ibarrola. Como antecedentes, valga saber que como subprocurador jurídico y de asuntos internacionales de la PGR, armó de manera deficiente los expedientes o inició a destiempo los procesos contra Ángel Isidoro Rodríguez y Carlos Cabal Peniche. Estas acciones permitieron que no pudieran ser extraditados o que al llegar a México no se les pudiera acusar. Además a Ibarrola se le responsabiliza por ayudar a lograr la exoneración de Raúl Salinas de Gortari por lavado de dinero.

Trapitos sucios aparte, los embajadores vienen y van, y somos los mexicanos de “a pie” los que seguimos aquí; los que estudian, trabajan o hemos formado una familia con un holandés. Los que hayan vivido un tiempo fuera de México podrán entender la nostalgia del país perdido: su gente, su idioma, su calidez, sus sabores y olores.

Así como el PRI no es dueño de los héroes de independencia, tampoco el gobierno es el propietario del orgullo de ser mexicano. El 15 de septiembre, en el caso de Países Bajos, es la única oportunidad de mostrar un poco de nuestra cultura, historia y gastronomía a nuestras parejas, hijos y/o amigos. 

Esta vez el evento fue diferente. Hubo invitados del gobierno de Holanda y embajadores de otros países. En un arranque de –no sé si de ingenuidad o temeridad-, Ibarrola mencionó en su discurso las reformas llevadas a cabo por el gobierno de México. Tuvo el buen tino de no mencionar el nombre del presidente, pues seguro lo abucheamos. 

Empiezo de negar con la cabeza al escucharlo, incrédula. “Estas reformas permitirán inversión extranjera” dice, mientras yo traduzco: “Shell estará feliz de adueñarse de Pemex”. Ibarrola deja el tema y dice: “México es la economía número 14 a nivel mundial y la segunda en América Latina”. Atrás de mí alguien dice “¿Cuál éramos hace 6 años?, ¿la 12?”. 

El Embajador sabe que navega por aguas peligrosas, así que ensalza la relación México-Países Bajos y la califica de “inmejorable”, con lo que termina su discurso. Siguen los himnos nacionales, el Grito, bailables, comida, cerveza mexicana y tequila. 

Estamos ahí para vivir a México por unas horas; escuchar español, degustar la comida, cantar el himno, ver y hacer amigos. Estamos ahí como mexicanos que quieren a su país, que les duele verlo hundido en la corrupción, en la injusticia y en la violencia; como mexicanos que extrañan su país y lo quieren compartir con los suyos, no para aplaudir los discursos ni hacerle el favor a nadie.
 
Dianeth Pérez Arreola (México) es egresada del Máster en Comunicación Periodística de la Universidad Complutense de Madrid. Colabora en varios proyectos periodísticos y vive en los Países Bajos desde 2003.  

martes, 10 de diciembre de 2013

EL HÍGADO LLENO DE PIEDRITAS


 
Escribe Dianeth Pérez

Vivo desde hace 10 años en los Países Bajos. Según el organismo Transparencia Internacional, este país ocupa el lugar número 8 en cuanto a honestidad. México, el país donde nací, el 106. Una posición demasiado favorecedora comparado con la realidad.


Recuerdo hace tiempo una nota en un periódico holandés relatando un caso de corrupción de una alcaldesa por utilizar la compañía de taxis de su hijo. En otro caso, describían como sancionaban a un político por usar el vehículo oficial para uso personal. Yo no pude más que pensar que eso en México apenas habría sido calificado como corrupción. Crecimos en la cultura de las “palancas”, los favores, el poder que justifica todos los actos. La cuestión no es si se cometen actos de corrupción o no; el problema es que no nos termina de quedar claro qué es un acto de corrupción. Al menos eso es lo que quiero pensar, porque si a final de cuentas sí lo sabemos y lo hacemos de cualquier modo, tenemos un sistema de valores podrido del que nos será muy difícil salir.

El presidente de México aprueba la homologación del IVA en la frontera y saca adelante una reforma energética de dudosa ventaja para el país, mientras a menor escala, el alcalde mi ciudad natal, Mexicali, nombra a su amasia su secretaria particular y a toda velocidad se saca de la manga el cobro del impuesto al alumbrado público, que por supuesto no mencionó en sus discursos como candidato.

El malestar en las redes sociales por la actuación de los políticos de todos los niveles, indica el peligroso nivel de insatisfacción que estamos alcanzando. Creo que el pecado de México siempre ha sido el conformismo; el “ya ni modo”; palo dado ni Dios lo quita. Pero ahora México está despertando de su aletargamiento: se inconforma, protesta, se ampara y hace marchas. No los mismos de siempre y por los mismos motivos, sino gente común que estrena quejarse en público y en plural. Una señal de esperanza.

Algunas versiones pronostican un levantamiento contra el gobierno; otras aseguran que el presidente no terminará su sexenio. Yo no sé si terminarán convirtiéndose en realidad, pero nada me alegraría más que México despertara y se sacudiera a quienes lo han traicionado, han incumplido sus promesas y lo han vendido al mejor postor. Ya estuvo bueno de vivir bajo la Ley de Herodes: “o te chingas, o te jodes”. De agachar la cabeza y aguantarlo todo. Ya es hora de vivir en un México que castigue la corrupción. Ya es hora de participar, de interesarse, de señalar. El ahora está en nuestras manos, y el futuro, en los valores que enseñemos a nuestros hijos.

Dianeth Pérez Arreola (México) es egresada del Máster en Comunicación Periodística, Institucional y Empresarial. Licenciada en Ciencias de la Comunicaciónpor la Universidad Autónoma de Baja California, actualmente vive y desempeña su actividad en Leiden (PaísesBajos).